Alfa y Omega > Nº 668 > Criterios
¡Aman la vida!


El matrimonio Roa Prieto (a izquierda y derecha
en el primer plano de la foto) con sus diez hijos
y unos amigos
Egoístas e irresponsables: así calificaba a las familias numerosas el biólogo de poblaciones norteamericano Paul R. Ehrlich, en una reciente entrevista publicada en el diario El País. «Tener más de dos hijos -decía- es egoísta e irresponsable». No es una excepción en la cultura dominante, sin duda cultura de la muerte, en expresión tan certeramente acuñada por Juan Pablo II, que promueven no pocas instancias internacionales, desde las mismas Naciones Unidas. El pasado febrero -lo recogíamos en nuestro número anterior-, el Presidente de la Comisión de Desarrollo Sostenible de Gran Bretaña, Jonathan Porritt, acusaba igualmente de irresponsables a las familias que tienen más de dos hijos.
«¿Sabes? Me casé hace siete años», le contaba al amigo con el que acababa de encontrarse después de más años aún sin verse. «¿Tenéis familia?», le preguntó el amigo. Y con voz un tanto vacilante, delatora sin duda de mala conciencia, y no exenta de cierto tinte de tristeza, ésta fue su respuesta: «¡Hombre! No es momento todavía de pensar en un hijo. Estamos metidos en muchos gastos, compramos el chalet en la playa, y el fuera-borda...» ¿Acaso -cabe preguntarse- éste es el modelo de familia generosa y responsable? ¿Es ésta la calidad de vida que necesitan los hijos, ¡y no más de dos, por supuesto!? Basta echar un vistazo a los testimonios de amor a la vida de las familias numerosas que hoy se acercan a estas páginas de Alfa y Omega, para comprobar dónde está de verdad la vida gozosamente generosa y responsable, que vence a la tristeza y al vacío de la cultura de la muerte, porque brota de la sana conciencia de estar haciendo justicia al deseo más hondo y verdadero del corazón, que no es tener cosas: ¡es recibir amor para poder darlo!
En su primera encíclica, Deus caritas est, Benedicto XVI explica bien el secreto de este amor a la vida: «Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don. Es cierto -como dice el Señor- que el hombre puede convertirse en fuente de la que manan ríos de agua viva. No obstante, para llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siempre de nuevo de la primera y originaria Fuente». Ciertamente, no es casual que el amor a la vida, tan visible a la hora de dar a luz a los hijos, aparezca precisamente en familias que tienen verdadera experiencia del Don por antonomasia que es el amor de Dios. Como tampoco es casual que el odio a la fe esté asociado a la cultura de la muerte. La filósofa hebrea Hannah Arendt observaba que «buena parte de los hombres modernos tiene una disposición afectiva hacia el rencor contra todo lo que es dado, incluso la propia existencia». Y, como Herodes, tiene miedo de un Niño, que amenaza, desde luego, su reino lleno de cosas, pero sin amor. ¿Acaso el horror del aborto generalizado, y de modo tan monstruoso hoy en España, puede explicarse de otro modo? ¿Por qué le tienen miedo a este Niño?
«Es evidente que nadie transmite lo que no ama. El desamor profundo a la vida, y no a la escasez de medios económicos, ni los problemas de la vivienda, es lo que explica esa terrible situación que está convirtiendo a España y a Europa entera en un gran asilo»: lo decíamos -hará diez años el próximo febrero- en nuestro semanario, a propósito igualmente de las familias numerosas, evocando las vibrantes palabras de Juan Pablo II en su primera visita a España, de 1982, en aquella inolvidable Misa de las familias en la Plaza de Lima, de Madrid, que tendremos la ocasión de rememorar en la celebración de la próxima fiesta de la Sagrada Familia, el domingo 27 de diciembre: «La familia es la única comunidad en la que todo hombre es amado por sí mismo, por lo que es y no por lo que tiene». Y ese amor -añadíamos-, «recibido gratuitamente, es la clave de todo en la vida. Un mundo que confunde libertad con autosuficiencia, y prudencia con cobardía, que tiene rencor contra todo lo que es dado, que se niega a recibir nada -es decir, lo rechaza todo, pues todo nos es dado-, está incapacitado para dar, y por ello incapacitado para la vida, ese don que sólo puede gozarse y transmitirse recibiéndolo agradecido». ¿Egoístas e irresponsables? ¡Todo lo contrario! ¡Aman la vida!
Los males del paro
El paro de aquellos que, queriendo trabajar, no pueden encontrar un puesto de trabajo, es uno de los efectos más negativos de la actual crisis económica. Particular importancia tienen las estadísticas referidas al desempleo juvenil y a los parados de larga duración, por las consecuencias personales, familiares y sociales que tienen.
Cuando el paro se hace crónico, se produce una amarga sensación de inutilidad y deterioro en su estado anímico y moral. «De un paro prolongado -afirmaba Juan Pablo II en Barcelona, el 7 de noviembre de 1982- nace la inseguridad, la falta de iniciativa, la frustración, la irresponsabilidad, la desconfianza en la sociedad y en uno mismo; se atrofian las capacidades de desarrollo personal; se pierde el entusiasmo, el amor al bien; surgen las crisis familiares, las situaciones personales desesperadas...» Y, en su encíclica Caritas in veritate, Benedicto XVI ha dicho también: «Estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona, y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual». Estas descripciones pueden parecer patéticas, pero reflejan la realidad. Bien lo saben los profesionales y voluntarios de las instituciones eclesiales y sociales que acogen a los numerosos desempleados que se acercan solicitando una ayuda económica y una orientación laboral. Las situaciones de pobreza extrema son casi siempre resultado de la violación de la dignidad del trabajo humano, a la que tantas veces se ha referido la doctrina social de la Iglesia. En la actual situación económica, las medidas políticas que se tomen deben buscar que todos los ciudadanos tengan acceso al trabajo. Para salir de la crisis, tal vez, haya que tomar decisiones que no gusten por igual a todos los sectores implicados, pero siempre habría que tener en cuenta que «el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre».
+ Francisco Cerro
obispo de Coria-Cáceres
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