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Habla el Papa
María, en la ciudad

En la Plaza de España de Roma
En el corazón de las ciudades cristianas, María constituye una presencia dulce y tranquilizadora. Con su estilo discreto, da a todos la paz y la esperanza en momentos alegres y tristes. En las iglesias, en las paredes de los edificios: un cuadro, un mosaico... recuerda la presencia de la Madre que vela constantemente por sus hijos.
¿Qué le dice María a la ciudad? Recuerda que, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Repite a los hombres de nuestro tiempo: No tengáis miedo, Jesús ha vencido al mal.
¡Cuánta necesidad tenemos de esta hermosa noticia! Cada día, a través de los periódicos, la televisión, la radio, el mal es amplificado, acostumbrándonos a las cosas más horribles, haciéndonos insensibles... El corazón se endurece, los pensamientos de hacen sombríos.
¡La ciudad somos todos nosotros! Cada cual contribuye a su clima moral, para el bien o para el mal. Nadie debe sentirse con derecho a juzgar a los demás, sino sentir el deber de mejorarse a sí mismo. Los medios tienden a hacer que nos sintamos espectadores. Sin embargo, todos somos actores, y nuestro comportamiento influye en los demás.
Nos quejamos de la contaminación del aire. Es verdad: debemos hacer más limpia la ciudad. Sin embargo, hay otra contaminación: la del espíritu, que hace que nuestros rostros sonrían menos, que nos lleva a no saludarnos...
María Inmaculada nos enseña a ver a los demás como los ve Él. A verlos con misericordia, con amor, con ternura, especialmente a los más solos, despreciados... Quiero rendir homenaje a todos aquellos que se esfuerzan por practicar esta ley evangélica del amor. Han comprendido que no sirve de nada condenar, quejarse, echar la culpa, sino que es mejor responder al mal con el bien. Esto es lo que cambia la realidad; o mejor dicho, cambia a las personas, por consiguiente, mejora la sociedad.
(8-XII-2009)